Al final, no vuelvo a empezar

Pública

¿Cafeteras naranjas a mí? Pensándolo bien, no voy a volver a empezar. No tengo vocación de pintar cafeteras, ni flores, ni siquiera marinas. Tengo que hacer lo que quiera, porque eso he aprendido aquí, en la universidad de arte online, una universidad que te enseña que entre la arteterapia y el arte no hay cesura, que no tienes por qué ponerle precio a todo lo que hagas, que para ser artista no es imprescindible ser copista, que la validación del arte está en las casas de subastas y también en las calles y en las redes.

Ahora bien: un contacto humano como el que he tenido con mi profesora Mar que me ha dicho: «la cafetera está bien; las has resuelto de forma muy limpia. El fondo, que se nos suele  ‘enguarrinar’, me ha sorprendido cuando lo he visto, está conseguido. Me gusta. El dibujo [yo me quejé de mi dibujo] no me importa» es un contacto primordial no porque sea mejor o peor que el virtual, sino porque se sitúa, plenamente, en el terreno criterial y no normativo (evaluación con referencia a mí misma, y no a la norma de ‘la copia de cafetera ideal’). Por eso no pienso modificarla. No por material: por criterial es fiable al cien por cien mi profesora Mar. Sólo y exclusivamente seguiré sus pautas. Es la rigidez del contacto estrictamente normativo que es el statu quo de lo virtual sumado al carácter elitista del arte, que lo excluye de la posibilidad de ser «cura» (cura de curación, no cura de siempre pretenciosa y bizarra curaduría) lo que agosta cualquier intento de germinación…

No hay nada que me disguste más que estár a merced de que se me bloquee con una pequeña observación perfeccionista-ansiosa, que siempre será normativa y de mejora. No: soy un animal tipo felino y no me dejo domesticar tan fácilmente… Creo que incluso araño a veces, pero me da la amnesia siempre después de arañar: no sé cómo lo hago. Creo que el arte no es lo que se enseña en esos lugares donde las gentes copian fotos con óleo. Lo haré, lo haré, pero a ser artista he aprendido pensando, performatizando, conectando con mis intereses, tocando técnicas como quien afina un instrumento musical, haciéndome consciente de las cosas.

Por eso y a pesar de todo el mar de fondo que llevo, estoy con la universidad como con la vida: dolida y agradecida a la vez. Es una sensación agridulce como de cerdo agridulce; en el fondo, está rica. A pesar de todo el mar de fondo que acabo de mencionar, he trazado mis objetivos para mi propio beneficio y pensándolos muchísimo. Y he aquí mi plan.

Ya me he sacado el B2, profesores. Soy una fiera. Lo dejo aquí para que la posteridad sepa que yo tenía un B2. Y es que yo y las Bes tenemos como un imán -no un imam -es que ahora como sé historia puedo hacer chistes históricos graciosísimos. Como éste del imam.
Y en fin, pelillos a la mar y aquí echo serpentinas y confeti al Grado en Artes digital, porque más vale tener felicidad digital que ser un soldado del arte material que pinta cafeteras.
(Lo siento, cafeteras. Que ya os pinta mucha gente. Yo pintaré alcantarillados o rejillas, que eso no está tan visto. Le he pedido a Mar que me oriente, que me apoye en el proceso de pintarlos.)

Según Cambridge, leo muy bien. Escribo bien. Escucho y hablo, regular. Y construyo sintácticamente, fatal.
Yo voy con el imperio español; al fin y al cabo, si hubiera habido unos reyes más colonialistas en España, a lo mejor no tendría que aprender tanto inglés.

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